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sábado, 7 de abril de 2012

HISTORIA DEL TELEVISOR





Los primeros dispositivos realmente satisfactorios para captar imágenes fueron el iconoscopio, que fue inventado por el físico estadounidense de origen ruso Vladimir Kosma Zworykin en 1923, y el tubo disector de imágenes, inventado por el ingeniero de radio estadounidense Philo Taylor Farnsworth poco tiempo después.

El 26 de Enero de 1926 fue la primera vez que la pantalla chica mostró imágenes en movimiento. Aquel día, en un laboratorio científico de Londres se realizó la primera demostración de lo que más tarde se conocería como la televisión. El responsable de tan magnifica hazaña fue John Logie Baird, un ingeniero escocés que dedicó su vida a perfeccionar lo que es la televisión.

Baird tenía un éxito entre sus manos y sólo le quedaba convencer al resto del mundo de lo interesante de su aparato. Pronto fundó dos emisoras de televisión experimentales en asociación con la oficina de correos, y gracias al sistema de cables de la empresa hizo la primera transmisión de televisión por cable.

La prensa apoyaba a Baird: decía que era un visionario y que la radio oficial, la famosa BBC de Londres, debía ser reemplazada por la televisión. La institución, temerosa de los cambios y desconfiada ante el atractivo que el invento ejercía entre el público, rechazaba todos los intentos del inventor por conseguir una licencia de transmisión. Frente a eso, Baird respondía con emisiones piratas que violaban la ley inglesa. Una suerte de TV trucha que finalmente, ante la presión ejercida por la prensa y el inventor, fue aceptada por la BBC.

Desde 1929, empezó a crear programas experimentales que a pesar de sufrir miles de dificultades técnicas no conseguían aplacar el interés del público por ese aparato casi mágico que emitía imágenes creadas a distancia. La opinión de la mayoría de los ingleses suponía que no pasaría mucho tiempo antes de que el televisor ocupara un lugar de privilegio en sus hogares. Aunque a la larga la historia probó la veracidad de lo que en su momento sólo eran expresiones de deseo, en aquel tiempo a la televisión le quedaba un extenso camino por recorrer. Es que las imágenes que emitía tenían el tamaño de una tarjeta personal y a raíz de la baja definición de sus treinta líneas de barrido se limitaban a mostrar primeros planos. A pesar de sus limitaciones, en esas tempranas imágenes era posible reconocer individuos y hasta sus cambios de expresión.

Baird estaba encaminado. Ya contaba con los contenidos y con un auditorio ansioso por recibirlos, sólo quedaba desarrollar la técnica para la construcción de los televisores. En 1929, tres años después de la primera emisión pública, y a pesar de que Baird creía que aún quedaba mucho por hacer, los televisores comenzaron a fabricarse en gran escala. Un año más tarde, alrededor de 20.000 aparatos se habían vendido en Inglaterra y el resto de Europa.

La televisión, como la había imaginado John Logie Baird, no duró mucho tiempo más. Pronto, el afán por sacar cada vez más beneficios económicos de su invento dejó de lado el televisor mecánico y lo reemplazó por el eléctrico, y mientras la pantalla chica se convertía en un medio de comunicación por derecho propio el nombre de su creador era exiliado a las menos consultadas páginas de las enciclopedias.

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